martes, 8 de diciembre de 2015

Mi Gante / My Ghent

 
Mi Gante tiene el vestido gris y el cielo pintado de blanco
Agua que atrapa las luces y puentes sobre los que mirarlas
Un castillo y tres torres, y un dragón para custodiarlas
Mi Gante tiene una puerta azul y las paredes blancas
Una cocina de muebles rojos
Una ventana y una manzana
Mi Gante huele a café y madera vieja
A tripita de vaca y a días de lluvia
Un lugar que no era mi casa, y se convirtió en una
Gante ya no tiene ese olor, porque ya no es mi Gante
Gante es ahora de otros que un día extrañaran su Gante.
Mi Gante suena a jazz y a un limonero
Un festival de música y una canción country
Una guitarra estúpida y a la cantante Granger
Una larga lista de canciones y películas
Una larga lista de despedidas y hasta otra vez
Mi Gante sabe a chocolate, gofres, cerveza y a patatas fritas
A noches que no quieren acabar y a las que no acaban como esperas
Mi Gante sabe a sal y quema mis mejillas
Mi Gante es un cuchillo, mi Gante es una soga
Mi Gante mató a la chica que fui
Mi Gante murió acunado entre mis brazos
Mi Gante es las personas que conocí y a las que dejé
No hay un Gante al que añore en el que ellos no estén
Sin ellos, mi Gante es solo una postal
No tendría olor, ni sonido, ni sabor
No sería una cicatriz
Sobre el latido gastado de mi jardín del Edén

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My Ghent wears a grey dress and white skies
Water that catches the light and bridges where to watch it
One castle and three towers, and a dragon for their safekeeping
My Ghent has a blue door and white panels
A kitchen with red furniture
A window and an apple
My Ghent has the smell of coffee and old wood
Of a cow belly and days of rain
A place that was not home and became one
Ghent has no longer that smell, because it is no longer my Ghent
Now it belongs to others, hope they will miss their Ghent
My Ghent has the sound of jazz and a lemon tree
A music festival and a country song
One stupid guitar and Granger, the singer
One long list of songs and films
One long list of goodbyes and see you again
My Ghent tastes of chocolate, beer, fries and waffles
Nights that do not want to end or do not end as expected
My Ghent tastes of salt and burns my chicks
My Ghent is a knife and a rope around my neck
My Ghent killed the girl who I was
My Ghent died cradled in my arms
My Ghent is the people I met and the people I left
There is no Ghent I will miss if they are not there
Without them, my Ghent is just a postcard
It does not have smell, or sound, or taste
It would not be a scar
Over the old beat of my Eden Garden

jueves, 5 de noviembre de 2015

Ese momento

Ese momento en que te das cuenta de que te importa.
Ese momento en el que tiemblas: Tiene poder para hacerte daño.
Ese momento en el que sonríes: Merece la pena correr el riesgo.

domingo, 18 de enero de 2015

Cinco meses de ventaja. Viaje en el tiempo para ver a mi yo, justo antes de irse de Erasmus.

Hola,

No te asustes. Sí, ya sé que me parezco mucho a ti. Soy tú, o mejor dicho, soy lo que será de ti dentro de cinco meses.Me has llamado justo antes de acostarte, y te ha costado pegar ojo porque estás hecha un manojito de nervios. Qué carita me traes...  Mañana coges el avión y empieza tu aventura. En mi lado temporal, mañana termina. Necesitabas esta visita, nadie mejor que yo para comprender por lo que estás pasando. Sí, ya sé que hay cosas que te hubiera gustado dejar arregladas antes de marcharte, pero de alguna manera voy a tener que entretenerme yo cuando vuelva.

¿Qué si has metido todo en la maleta? Naturalmente que no. ¡Claro que te vas a dejar algo importante! ¿No te conoces? Podría decirte el qué, pero cuando te levantes no vas a acordarte de los detalles de esta conversación, solo vas a saber que estuve aquí para arroparte (no vas a saber muy bien cómo, yo tampoco entiendo muy bien cómo funcionan los viajes temporales) y decirte que no te vas a arrepentir de nada, que todo lo que has tenido que hacer para llegar hasta aquí, ha merecido la pena.

No tienes ni idea de lo que se te viene encima. Me parece que ha pasado casi un siglo, te veo tan jovencita, tan llena de dudas... Me haces mucha gracia. Vas a crecer todos los días, no te va a quedar más remedio. Al principio irás dando tumbos de un lado a otro y dándote con todo. Harás de cada grano de arena una montaña y de un malentendido una historia de terror. Aprenderás a improvisar sobre la marcha y descubrirás que se te va a dar mejor de lo que piensas.

Temes llegar y estar sola. Te aseguro que cuando entres en tu nueva habitación y cierres la puerta, lo estarás. "¿Y ahora qué?", te preguntarás. Tienes tanto miedo de no encajar en ninguna parte... y ojalá pudieras creerme cuando te digo que jamás vas a estar más acompañada. Tienes una familia que aún no conoces. Sabrán desde el primer momento que eres un perro verde y te van a querer exactamente por eso. Es curioso, aún no os conocéis y no vas a reconocerlos en seguida. Sólo serán unas caras nuevas más. Unas caras que te acompañaran cuando estés arriba y cuando estes abajo, para las que no importa la pregunta porque la respuesta es que están ahí para lo que sea. Te van a encantar. Hoy, te miro a ti, a mi yo del pasado, y lo único que puedo hacer es sentirme orgullosa. Escogerás bien, porque las decisiones que tomes te llevarán a ellos. Y serán tan fantásticos que no vas a saber qué demonios has hecho para merecerlos.  Nunca vas a ver a nadie tan empeñado en ser tu amigo. Cuídalos y aprovecha todos los ratos que estés con ellos, porque vas a tener los que vas a tener y después los vas a echar muchísimo de menos.

No puedo ahorrarte los malos momentos, porque como en todo, tiene que haberlos. Lo vas a sentir todo pero, tranquila, no te vas a arrepentir de nada. La intensidad tiene sus altibajos pero te permitirá apreciar la belleza de cada instante y cuando te toque dejarlo todo atrás, nada se habrá quedado a medias.

Vas a pasar por una de las mejores épocas de tu existencia. Vívelo todo. Llena tu historia de capítulos y embute en cada uno todas las aventuras que puedas para que cuando la muerte venga a firmar la última página, merezca la pena releer el libro.

A mí me toca aprender a decir adiós. Es la última lección que aprenderás y no va a ser fácil. Yo he tenido que venir aquí y encontrarte a ti para recordarme que todavía puede haber un montón de cosas buenas esperándome detrás de cada esquina. Solo hay que estar en el momento adecuado, en el lugar adecuado y con la compañía adecuada, pronto aprenderás a apreciar que eso es lo único que importa. No te aferres a nada porque estorba el vuelo y lo que tenga que volar contigo, te seguirá aunque no vuelvas la cabeza para comprobarlo.

Pronto sonará el despertador, no querrás perder el avión. Deja que te mire una vez más. ¿Te sientes ya más preparada? ¡Qué pregunta! Da igual lo que pienses, lo estás. Vas a enamorarte de esa ciudad. Deja que te sorprenda, deja que te deshoje sus secretos. 

No te pegues a las sábanas, tu nuevo hogar te está esperando.

martes, 16 de diciembre de 2014

Me iré


Todas las grandes aventuras comienzan con un portazo y un paso al vacío. Quien juega al tenis con las decisiones corre el riesgo de desgastar la pelota. Quien piensa poco, se hunde, pero quien piensa demasiado, no termina de embarcar nunca. 

Hoy te escribo desde lejos, sabiendo que el verbo volver se encarama despacio sobre mi espalda. Llegué con una idea preconcebida y he empezado a parirlas yo misma. Llegué con lo que tenía en la maleta y tuve que tirar la mitad porque no eran más que piedras. Llegué con un retrato en el bolsillo, una imagen de mí misma, de cómo quería ser. El destino me tomó de la mano y me vendó los ojos, resbalé, tropecé, caí, respiré; y cuando el lazo se deshizo, el retrato no era un dibujo, sino un espejo.

Me voy porque el libro continúa aunque el capítulo se acabe. Me voy y mancharé las páginas con lágrimas. Me he dejado tantas veces el corazón aquí que solo ha podido hacerse más grande. Me iré pero me quedo en los pedazos enterrados. El árbol no es de la tierra que le sostiene, sino del cielo que abarca con sus brazos.

domingo, 9 de noviembre de 2014

La golondrina

Pluma azul en mi ventana
Pluma azul deshilachada
que te dejaste, golondrina
cuando paseabas por mi casa


Golondrina, compañera,
¿cuánto hace que te escapas?
¿cuánto hace que orgullosa
tienes pupilas de escarcha?


En la fragua de mis ojos
se bordan espadas de plata
Tú que te marchas y te entregas
como ola en arrebatos
No puedes culpar al que empuña
y entonces solo queda la daga


A mí me buscaste en la noche
A mí recurriste en la niebla
A mí me encaraste al destino
cuando no pudiste darle la vuelta
Pobre farolillo encendido
al que decidiste soplarle la vela


Es un cepo y un anzuelo
la promesa de la pluma
Telaraña oxidada
Araña vieja y hambrienta


El olvido tiene al tiempo
pero el recuerdo es un abrigo
que en los días de nostalgia
quiere volar contigo

domingo, 5 de octubre de 2014

La expedición de Cuchard Carter

Han pasado dos millones de años, desde que vosotros, estúpidas sabandijas humanas desaparecisteis de la faz de la tierra junto con la mayoría los animales huesudos de vuestra calaña. Desde entonces el mundo pertenece a los artrópodos. La era Cuaternaria, el triunfo de los mamíferos, ha terminado. Ahora mandan las seis patas. Y como el sol del medio día se alza cada mañana sobre la tierra, se alza un nuevo gobierno. ¡Viva la era de las Cucarachas!
Me llamo Cuco Ratón y no me gustáis en absoluto, no dejáis de ser poco más que sacos de vísceras con el cuerpo enclenque y la cabeza demasiado grande. Criaturas vertebradas, cuatro extremidades, se dice que hasta teníais una lengua blanda, rugosa y rosa ¡Puaj, qué asco me dais! Que poco debéis de haber sabido de la fina sutileza del exoesqueleto, de ese brillo suave que producen las formas lisas y curvadas perfectamente ovaladas, de la música dulce de tres pares de pies jugueteando sobre el suelo y del poderío de dos buenas antenas. Vosotros hubierais estado tan ciegos ante la delicada belleza de Charo como una hembra de mantis religiosa ante el amor de su marido.
Charo y yo nos conocemos prácticamente desde que salimos del huevo, y yo nunca he podido evitar sus feromonas y allá donde ella arrastraba su adorable negro y redondeado abdomen, allí me dirigía yo. A ella, a gran pesar mío, le caíais algo mejor que a mí, aunque lo mejor sería decir que le levantabais las pasiones que yo era incapaz de infundir en su duro corazón. Por eso, cuando decidió estudiar paleontología en la universidad, yo la seguí.
Nunca ha estado demasiado claro si erais una civilización o no. Si erais tan listos, decidme: ¿Por qué os habéis extinguido? Claro que esa no era la opinión ni de Charo ni del extravagante, lánguido, solitario y para nada atractivo, profesor Cuchard Carter. Él, al parecer, había encontrado en un yacimiento lo que parecía un libro con ilustraciones sobre vuestra vida. Si se llegaba a probar la veracidad del hallazgo, significaría que la inteligencia también podría haberse alojado en vuestra absurda cavidad craneal.
Como os podéis imaginar el susodicho libro no había sobrevivido dos millones de años sin que el tiempo le pasara factura. Según Cuchard Carter (que estaba convencido de que erais, como poco, atlantes de una mítica, perdida y preciosa Atlántida), antes, lo que ahora nos parecían manchurrones negros, habían conformado letras que se unían en frases que contaban historias. Porque… ¡Ay santísimo señor Cuchicristo que pereciste aplastado bajo la roca y resucitaste al tercer día! Ahora no era suficiente con dotar de conciencia a los humanos, era necesario que supierais escribir. Como si vuestras ridículas y escuchimizadas neuronas mielinizadas pudieran compararse a las nuestras.
A pesar de todo, tuve que tragarme mis creencias cuando pasó de los borrones y nos mostró uno de los dibujos del libro. Ahí la tinta también se había difuminado, sin embargo aún podía apreciarse lo que parecía una cría humana enfundada en una caperuza roja. Fue pasando las páginas y las pinturas persistían. Allí estaba una hembra rodeada de siete minúsculos hombrecillos, allá un macho adornado con una pluma en la cabeza trepando por la enredadera que formaba el pelo de una ejemplar joven con una corona, aquí una mujer muy fea (hasta para ser humana) siendo empujada dentro de un horno por un par de niños en una habitación hecha de dulces. No es que esté dudando de vuestra estupidez, pero si el libro lo habíais creado vosotros, había que reconocer que al menos sabíais pintar.
La teoría de Cuchard Carter pasaba por que todas las crías humanas llevaban caperucitas rojas hasta llegar a una edad en la que la cambiaban por coronas y plumas. También decía que las hembras se dejaban el cabello largo (pelo, que cosa tan repulsiva) para utilizarlo luego a modo de ascensores y escaleras. Y para explicar el misterioso dibujo de los niños lanzando a la mujer al fuego, sostuvo que habíais inventado algún fantástico método para escapar de la tortura de las llamas, al igual que nosotros lo hacíamos con la radiación. En mi humilde opinión, aquello tenía más pinta de cuentos y fábulas, pero cerré mi boquita porque aquello hubiera sido admitir que teníais imaginación.
Charo y las demás artrópodas de mi clase no compartían conmigo la aversión hacia el profesor Carter. En palabras de ellas, y cito textualmente “Es que es tan simpático, tan elocuente, tan agradable…” o “Se ve tan mono con la pajarita anudada bajo sus maxilares”. Lo peor era cuando mi amiga me comentaba por lo bajini lo bien que le quedaban al profesor aquellos feísimos anteojos grises de cristales de culo de botella. ¡Como si a alguien le pudiera quedar bien aquella mamarrachada humana!
Pese a todo, cuando propuso a unas cuantas cucarachas de su club de fans formar parte de una expedición al bosque de las Vértebras para investigar mejor el lugar donde se había encontrado el libro, me sorprendí a mí mismo en la lista de admitidos
Comprendedme, cuando Charo me hablaba entusiasmada de vosotros, del libro que había encontrado el profesor Carter, de la posibilidad de que nos hallásemos ante un valle de los Reyes lleno de tumbas que darían al traste todas las teorías de que erais unos seres irracionales, yo asentía al oscilar de las finas y perfectas protuberancias de su cabeza, realmente no atendía a que decía sí. Por lo que al inscribirse ella, lo hizo por los dos. Ella me gustaba más de lo que no me gustáis vosotros. Tampoco es que de otra manera hubiera podido decir que no. ¡Dejar a la hermosa cucarachita de mis ensueños veinte días bajo las alas de aquel profesor! ¡Ja! Si me diera a mí una oportunidad ya veríais lo rápido que la hacía yo poner huevos.
Confesiones aparte, he de reconocer que la mera idea de pasarme casi un mes escuchando sin parar desvaríos y cantinelas varias sobre vosotros, nauseabundos animales, no me traía en absoluto. Pero si Charo iba con sus antenitas de ébano, yo no pensaba dejarla sola.
De modo que allí me vi, en el bosque de las Vértebras que más que vergel era un páramo, y lo que no tenía de verde, lo tenía de arena. Seguro que ninguno de los locos que me acompañaban se había parado a pensar lo malo que resulta aquel ambiente tan seco a nuestra piel de quitina. Ellos solo pensaban en el descubrimiento del siglo y en cavar no con palas sino con cepillitos de maxilares para no dañar las muestras, así sí que íbamos a ir rápido.
Probablemente debido a que yo era el que menos interés tenía en la excavación y por tanto el menos cuidadoso levantando piedras, fui yo el que se topó de bruces con aquella trampilla. Era de metal, con una argolla oxidada y la superficie se plegaba en zigzag, y debajo abría sus fauces una escalera. Charo que estaba a mi lado aplaudió entusiasmada.
-¡Oh, Cuco, esto es tan excitante! ¡Has encontrado una entrada secreta! ¡Santa Isabelaracha! ¡Hay que avisar a Cuchard inmediatamente!
A mí lo único que me excitaba eran aquellos pantaloncitos tan ajustados que dejaban ver más de los que debieran sus cuatro patas traseras. En el fondo, ella también estaba enamorada de mí, solo que no se daba cuenta.
Mientras Charo le explicaba entusiasmada mi curioso hallazgo al profesor, este daba palmaditas con sus patas delanteras soltando cada dos por tres un “maravilloso, maravilloso” Si me dieran a elegir entre él y vosotros, creedme cuando os digo que sería la única ocasión en que os preferiría a vosotros.
Y como no podía ser de otra manera, Cuchard Carter decidió que como premio por haber encontrado la trampilla, Charo, yo y él seríamos quienes bajaríamos por la abertura. Que conste que yo no quería, seguro que después de dos millones de años aquello seguía oliendo a mamífero, pero dejar a aquellos dos entrar en un rincón desconocido y sin luz, ¡antes cucaracho muerto!
Charo entró la primera con la linterna, le siguió Cuchard con una libreta y boli, y detrás fui yo con la cámara. El resto de la expedición nos esperó fuera.
Antes de terminar la escalera me llegaron los gritos de júbilo del profesor y mi amiga. Yo no pude evitar también gritar, pero el mío fue más bien un chillido de pánico, porque allí junto a la pared un espécimen de los vuestros, putrefacto, me miraba desde sus cuencas vacías de cadáver.
-Esto es maravilloso, maravilloso, ¿verdad, Cuco? ¡Venga, ponte a hacer fotos!-me ordenó el profesor.
Mientras yo fotografiaba la estancia y al fosilizado Homo sapiens, Cuchard y Charo se entretuvieron examinando las estanterías de aquel espacio subterráneo. En las baldas había cacharros varios y algún que otro libro para el “maravilloso, maravilloso” del profesor.
-¡Cuco!-me llamó Charo!-¡No te lo vas a creer! Tienen imágenes de nosotros, este hombre debía de ser adivino. ¡Los humanos ya debían de saber que después de ellos el mundo sería gobernado por la cucarachas!-dijo sosteniendo contra mis ojos la portada de un libro en el que aparecía un ejemplar de nuestra especie.
Cuchard daba saltitos de alegría.
-Sí, esto no solo demuestra que eran una civilización sino que también eran profetas. ¡Oh, como hubiera deseado mantener una conversación con solo uno de ellos! Yo creo que nos cuidaban y nos mimaban sabiendo lo que algún día seríamos después. ¡Esto lo demuestra! ¡Escribían libros e historias sobre nosotras!
-¡Y mirad lo que he encontrado!-contestó Charo-¡Hasta hacías perfumes para nosotras!-pronunció mientras pulsaba el botón de un espray con una caricatura nuestra como eslogan.
Cuchard y Charo salieron de la tumba detrás de mí. Yo no quería entretenerme más allá dentro, el aroma del chisme olía fatal.
Vi desmayarse al profesor Carter y a mi enamorada antes de que un súbito escalofrío me dejara tendido en el suelo panza arriba sobre mi caparazón. Aún así tuve tiempo de blasfemar contra vosotros y en sentirlo por Charo y por mí, que ya nunca más podríamos ponernos a fabricar cucarachitos.

A la mañana siguiente, nuestras trágicas y misteriosas muertes aparecieron en los titulares:
Cuchard Carter y la maldición de la tumba del fumigador.

Habían sacado la palabra fumigador de una de las fotos que rescataron de mi cámara. Naturalmente, la comunidad de cucarachas no tenía ni idea de lo que significaba para vosotros un fumigador. Posiblemente fuera alguien importante, puesto que fue enterrado con un montón de libros sobre el futuro, y su cadáver era salvaguardado por un mortífero encantamiento.

domingo, 4 de mayo de 2014

La biblioteca

Hay épocas en las que es hora de cambiar de aires y mudarse de casa a la biblioteca.

Da igual que hayas llevado bien las asignaturas, de nada te servirá haber estudiado todos los días si no hincas bien los codos justo antes del examen final. Ya no se trata de entender los conceptos, si no de ser capaz de presentárselos al profesor tal y cómo él quiere. Saber no vale, más importante es demostrarlo.

Tú liberarás solo tus propias batallas, pero en la biblioteca al menos te sientes acompañado. Si estás sentado en la silla, las narices en los apuntes. Y si te levantas, alguien habrá dispuesto a enredar contigo. Es un buen sitio para hacer amigos

Y yo que me solía perder entre las estanterías e inundarme del olor a libro, a antiguo. Yo que saboreaba con mis manos los bordes desgastados y las esquinas pulidas de las historias y poemas de ayer, de hoy, de siempre. A mí que me gustaba sonreír cuando veía una novela fuera de su sitio, porque significaba que alguien los había tocado, que alguien más los había cogido.

Alguien se había parado a hablar con los muertos, tal vez solo un par de versos para dar sentido a lo que aprendió en literatura, tal vez solo le llamó la atención el título.


A lo mejor alguien lo ha descolocado a propósito bajo la promesa de irlo a buscar cuando la pila de papeles que le esperan sobre la mesa mengüe en tres o cuatro notas.

domingo, 6 de abril de 2014

Historia de una mesa

El restaurante comienza a llenarse. Huele a legía, acaban de terminar de fregar.

Una pareja se pelea por quién lleva la comida a la mesa. Al final gana ella y mientras avanza triunfante, se resbala y él tiene que sujetarla para que no acabe en el suelo. Ella frunce el ceño, no quiere ayuda. Él le dice que es una pena, que si no le necesita se irá. Ella ríe y le obliga a sentarse mientras pone la bandeja sobre la mesa.

Yo no soy aquella chica, ni conozco al joven que la mira embobado, no sé quiénes son, ni si están enamorados, si son familia. Tampoco voy a acercarme y  averiguarlo. Yo no estoy en esa mesa, pero una vez estuve.

Han pasado cinco años, la mesa aún sigue allí y si mis ojos la miran, mis labios se estiran. Quien dispusiera del catálogo de todas aquellas sonrisas podría desentrañar una historia.

La primera fue una sorpresa, una carcajada entró por la puerta y nunca terminó de marcharse. Fue amplia, fue sincera. Fue una tontería, un feliz contratiempo.

Las siguientes jugaron con la ilusión y la esperanza. Estaban llenas de luz, brillaban en una habitación apagada. Se apagaron, bajaron las persianas, quisieron desaparecer. Las mejillas estaban tristes porque querían sonreír, pero al orgullo lo gobernaba el desengaño. Mas cuando la mirada se topaba con el mueble, no había manera de mantener recta la línea de la boca.

Las sonrisas se acidificaron y en el momento en el que ya no pudieron bajar más de pH, se dedicaron a subir. Dejé de arrepentirme, dejé que se oxidara. El olvido no arrasó con mi memoria, pero sí ordenó un par de trastos viejos. Y pese a todo, la mesa nunca volvió a ser una mesa cualquiera

Hoy no guardo mi corazón en ese mueble, pero no puedo evitar sonreír. Es una sonrisa simpática, traviesa, porque ve todo lo que ha tenido que pasar para ser como soy aquí y ahora.

La pareja sigue conversando alegremente en aquella mesa. Dos pupilas desde la calle se han parado a observarlos con ternura. Él tampoco les conoce, a él también le importa solo la mesa. Me descubre un par de metros al lado y se muerde los labios al reconocerme.

Maldita mesa y malditos los que alguna vez sonrieron en ella.

sábado, 29 de marzo de 2014

Tres o cuatro palabras en la cartera

Tú que ya no crees en cuentos y yo que salto de las páginas de uno para meterme en otro. Para ti que el amor es secundario y para mí que es lo único que cuenta. Tú, que venderías un beso por el precio de otro, y yo que solo beso ladrones que me han robado algo del pecho. Tú que dices que te importo, y yo que creo que eso es lo único que tendría que ser importante.
Mi alma escribe en mi rostro con buena caligrafía. Tú, que tan bien sabes escrutarme con la mirada, me pregunto cuán fácil te es ver a través de mis ojos todas esas cosas que no valoras, que se te escapan de las manos y se cubren de barro, por las que yo soy capaz de dar media vuelta, arrodillarme en el polvo y ensuciarme los dedos al recogerlas del suelo.
Un día despertaré y no serás más tres o cuatro palabras en mi cartera. Otro bandido aparecerá en mi vida. Y será suya mi risa. Y será él quien me arranque las lágrimas y no tú el que desangre los versos que nunca llegarán a ver la luz del día.
Yo era una alta torre, orgullosa y soberbia. Me creía inalcanzable, erguida hasta el cielo. Y el tiempo echó raíces, y como a todas, me hizo caer. Y pobre alta torre que no sienta socavar sus cimientos, pues tanto duela el golpe, tanto habrás estado cerca del cielo.
Arrepentirse sería malgastar recuerdos.

Tú que no has querido ser como yo, y yo que tampoco he querido ser como tú. 

viernes, 14 de marzo de 2014

El amor y la guerra

A mi abuela, que me contó la historia

Esta es una historia que podía comenzar con un “había una vez”.
Había una vez en un pueblo perdido en la frontera, un muchacho llamado Casimiro. Casimiro era hijo de una familia pobre y como tenía varios hermanos, puede decirse que su patrimonio era más bien nulo. No tenía tierras, ni dinero y para colmo de males, en aquella época España decidió embarcarse en una guerra en África en la que tenía más que perder que ganar. Y sin perras con las que poder pagarle una bula al destino, arrastró al pobre Casimiro consigo.
La vida en África distaba mucho de los valores de orgullo, honor y coraje que vendían en los panfletos del ejército. La vida de un caballo valía más que la de un hombre y conoció a un noble marroquí que pese a poseer ya doce esposas decidió casarse otra vez, y para hacer la gracia, la esposa número trece tenía que tener trece años. Un día, Casimiro recibió un paquete de galletas que, tras el largo viaje desde Castilla, se habían llenado de gusanos. Él y su cuadrilla de amigos las tiraron al estiércol. Poco tiempo después el hambre hizo que volvieran a buscarlas
En aquel lugar inhóspito el joven soldado se enamoró de una bonita muchacha de ojos rasgados. Al principio ella le desdeñaba por no ser poco más que un pobre hombre. Luego él le prometió el oro y el moro. Le contó que tenía una mansión y cien criados a su servicio, veinte caballos blancos y un amplio jardín de flores de todas las partes del mundo. Sólo le faltaba una en él, ella. Así, poco a poco la joven se fue ablandando ante los sueños de una vida mejor. Dejó de fijarse en su chaqueta vieja y en sus botas raídas. Y finalmente, se entregó a él.
Cuando la guerra acabó, ella abandonó a su tierra y a los suyos por él. Dejaron los horrores del Marruecos atrás y desembarcaron juntos en Cádiz. Allí nadie los esperaba. Ella no pudo evitar sentirse algo decepcionada, pues imaginaba que una carroza a los pies del puerto los iría a recoger y los llevaría entre algodones al hogar de su amado. En lugar de eso, su medio de transporte fue una mulita tuerta y gris.
Al parecer, durante el camino, ella no dejaba de preguntar acerca de su futura vida juntos. Al llegar a la entrada del pueblo, Casimiro detuvo el animal un momento.
-Cierra los ojos, ¿qué ves?
La joven, abrazada a la cintura del jinete, así lo hico.
-Nada-respondió aún sonriente.
El soldado se volvió hacia ella con dulzura.
-Pues eso es lo que tengo.
Se debió escuchar después un estallido de cristales. Eran las ilusiones de la mujer derrumbándose todas juntas sobre el suelo. Cuentan que nunca pudo recuperarse y que no duró mucho tiempo más en este mundo. Casimiro se volvió a casar y si bien no llegó a ser nunca un magnate, sí que llegó a conseguir un puñado de tierras en su pueblo.

martes, 4 de marzo de 2014

Cuenca

Juegando a ser Olimpo con el musgo a sus espaldas
Estrechada por el Júcar y abrazada por el Huécar
Cristales rotos, grietas y un dragón de piedra
Cuenca escala al cielo sobre tierra cortada a tajadas.

sábado, 15 de febrero de 2014

Chocolate y café

La ciudad despertaba en aquella esquina.
El café lo esperaba en la barra antes de que llegara a pronunciar palabra. La cafetera se había puesto en marcha desde que el camarero le había visto atravesar la entrada y dejar el paraguas mojado en la papelera. El “buenos días” sonaría más entusiasta cuando la cafeína hubiera hecho su efecto.
El dulce sabor de la rutina cayendo gota a gota sobre las primeras horas de la mañana. Una mujer se sienta a su lado y pide un chocolate con churros. No se molesta en saludar. En su lugar, bosteza y  esboza una sonrisa adormilada. Las mismas preguntas de siempre: ¿Los niños? Bien ¿La mujer? también. ¿El trabajo? Una mala época, pero vamos tirando.
Él podría dibujar palmo a palmo el mapa de la vida de su acompañante. Curioso encontrarse todos los días con alguien  y aprender siempre un dato nuevo.
Todos, salvo su nombre, no porque ella no quisiera decírselo, sino porque la conocía tan bien, que le daba vergüenza admitir que todavía era un misterio para él.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Querido Cine

Querido Cine,
Hace tiempo que andas de capa caída. Te quejas de que las salas andan vacías y de esos piratas que te abordan desde el ordenador. Rabias por los productores, por los actores, por lo derechos de autor y por todos esos kilómetros de cintas grabadas que terminan en un agujero negro de dinero, ilusión y talento.
Y pensando en recaudar más fondos, porque tú no vas a ser menos en esta burbujita a punto de estallar en la que nos encontramos, no has hecho otra cosa que subir y subir los precios.
La culpa, Internet. Cómo la va a tener los casi 10€ que te cuesta entrar.
Llevo más de seis meses sin sentarme en una butaca. Jamás me había pasado tanto tiempo sin ir al cine.Y jamás había gastado tan poco en ello.
En este turbio 2013 como mucho habré ido dos o tres veces, lo que hacen como mucho unos 30€. Si las entradas hubieran estado a 3€ hubiera ido alrededor de un par de veces al mes, lo que hacen unas 24 veces al año, 72€ que me hubiera gastado.
Pero podemos seguir haciendo matemáticas. Una ocasión singular. En los cines de mi ciudad, un miércoles cualquiera decidieron cometer una locura.. Hoy y solo por ser hoy, las entradas a 3€. Recaudaron ese día tanto como en todo lo que llevaban de año. Siendo entre semana, había que esperar 45 minutos de cola. Y la gente esperaba. Y era feliz. En una España como la que nos toca vivir, podían permitirse sentarse frente a la gran pantalla a comer palomitas.
Y es que señoras y señores, el cine no ha muerto. Es sucio descargarse vídeos de la red, se acompañan de demasiados virus y las fiebres se pueden pagar caras en la farmacia.
Imagínese un mundo en el que el cine sea de todos. Un mundo en el que pudiéramos ir a ver una y otra vez aquella película que nos emocionó, en el que pudieras ceder y ver una que repugnas, porque iba a haber una próxima vez y esa próxima vez te tocará elegir a ti. No digo que fueran a desaparecer todas esas páginas que te ofrecen películas por 0 céntimos, pero ir al cine dejaría de ser un plan prohibitivo para convertirse en lo que debería ser, una opción para pasar un buen rato en compañía.
De modo que, querido Cinematógrafo, haga un acto de fe.
Sea más razonable en el precio de las entradas. Abandone la chapita de snob en su casa y ábrase. Reclute a esos jóvenes que en las tardes frías y lluviosas de invierno no tienen a donde ir. Permita a esas parejas enredar sus dedos sobre los posabrazos y no les deje la sala entera para ellos solos. Deje a esas familias grandes ir en manada, que tengan que reservar con antelación las entradas para poder sentarse todos juntos.
Feliz Navidad, señor Cine, y ya sabe lo que tiene que hacer si quiere un próspero año nuevo.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La cita

Se citaban una vez al año en Paris. El mismo día, a la misma hora, en un puente sobre el Sena. Él no sabía su nombre, ella tampoco el suyo. Una tarde de sueños, de ilusiones y un beso en los labios como despedida.  Diez años habían pasado desde la primera vez que se miraron.

Llovía mientras ella esperaba. Había dejado el paraguas sobre el suelo mientras apoyaba sus brazos y la barbilla en la baranda de piedra . Veía las lágrimas del cielo empotrarse contra el techo del río. Los minutos pasaban, nadie aparecía, y su ropa estaba cada vez más empapada. Permaneció quieta hasta que el agua de sus mejillas se confundió con la corriente del río. Cuarenta y cinco minutos después abandonó el puente maldiciendo a las historias de amor y a la poesía.

Él llegó una hora después con un ramo de rosas y una declaración de amor en el bolsillo. Había decidido que quería verla todos los días de su vida.

Quiso llegar a las seis pero llegó a las siete. Era el último domingo de marzo, habían cambiado la hora y él no se había dado cuenta.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Como el palomo a la paloma

Las llaman las ratas del aire, y para muchos merecen mucho menos respeto que los roedores, ya que además de arrastrarse, estas vuelan.

Las palomas piensan muy poco, quizás porque el peso de sus ideas les hace ladear la cabeza. Y pese a ello, nadie diría que son tontas. No sería la primera vez que alguna llega a la terraza de una cafetería y ante el asombrado cliente se lleva una patata frita de su mesa.

Pero, decidme, ¿alguien se ha parado en la linde del camino a ver al palomo  coquetear con la paloma?

Bajo aquel banco hay una linda palomita que parece despistada. No hay nada como un palomo enamorado. Para el palomo hoy no podría ser su gran día; hoy es su gran día.

Fija su objetivo. Hincha el pecho, ahueca las plumas, y antes de que la paloma quiera darse cuenta, le tiene como un toro embistiendo contra ella.

Para el palomo no existe el rechazo, solo oportunidades. Para el palomo no existe el despecho, solo el aquí, y el ahora, el tú me gustas, el ya puedes huir que yo corro muy rápido. No va amargarse pensando en el fracaso.

¿Y qué pasa si la paloma echa a volar sin rendirse a sus encantos? ¿Creéis que el palomo se va a un rincón oscuro a llorar su miseria? Él no pierde el tiempo.  Simplemente vuelve la cabeza y queda prendado de la siguiente pajarita. No existe la derrotoa, solo el siguiente asalto.
Más nos valdría enfrentar la vida como el palomo va hacia la paloma. Con el pecho hinchado, seguros, radiantes, soberbios. Que lo que importe no sea el resultado, sino dejarse la piel en el intento.



domingo, 8 de septiembre de 2013

Frente al terrible lagarto


Replica de un esqueleto de Camarasaurus,
Museo de Ciencias Naturales de Madrid
Hay muchas clases de ciencia. Están las ciencias de lo abstracto como las matemáticas, que se extienden sobre la mente como una tela de araña. Las hay que se basan en prueba y error, y las que atrapan un imposible y buscan hacerlo realidad. La paleontología es la ciencia de lo irrepetible, de lo único, de lo excepcional. Es la memoria de un planeta que se resiste a olvidar su historia. Y como los recuerdos, no hay dos fósiles iguales. No hay reto que excite más a mi imaginación que hacer surgir todo un mundo a partir de un pedazo de piedra. Un mundo del que nunca se podrá llegar a formar parte, pero en el que se te permite sentarte junto a una ventana para observar. Es palpar a ciegas a través de una selva de niebla. Es el significado estricto de recrear. Y también el de resucitar.

Un día paseaba por un museo de historia natural con las manos sobre mis labios para evitar que se escapara mi asombro, cuando alguien tiró de mí mientras observaba un precioso esqueleto de Edmontosaurus. Yo no tengo muchas oportunidades de ver réplicas de los señores del mesozoico, y mucho menos cuando se trata de fósiles de verdad, de modo que me volví con mala cara hacia mi acompañante. Me metía prisa, no entendía por qué quedarse más tiempo en una sala llena de huesos si solo era eso lo que había, huesos.

Yo, que he crecido con una enciclopedia de dinosaurios bajo el brazo, no podía dar crédito a lo que estaba oyendo ¿Solo huesos? Mi cara de estupefacción no fue suficiente para quitarle la razón. Efectivamente, en aquella habitación había huesos y poco más.
Entonces, ¿cómo explicar la emoción que me embargaba al contemplarlos? Él estaba en una habitación oscura de un museo, y yo estando en el mismo sitio , estaba en un lugar muy distinto. Para él no había otra cosa que carcasas de animales muertos. Para mí había mucho más. Mis ojos leían con avidez cada detalle, cada surco, cada proporción. Ojalá hubiera podido prestárselos. 

Colóquense a mi lado. Sobre cada esqueleto se proyectan los músculos y tendones, y sobre ellos nace la piel, gruesa, resistente, que se cubre de escamas o plumas. Frente a usted está el color, la textura, las manchas y dibujos que tendría. En el cráneo los párpados se abren. Tal vez ahora pueda verle como yo estirar el cuello, incorporarse. Se sacude el polvo que los años han dejado sobre su cuerpo. Y ahora, sienta latir el suelo al ritmo de sus pisadas. Sus pupilas de dragón se clavan en usted. Óigalo rugir.

El efecto es hipnótico, es una criatura magnífica. Parece salida de un sueño, y sin embargo tenga la certeza de que una vez existió y que se resiste a extinguirse cada vez que usted pone sus ojos sobre sus restos. Y cuanto más los mira, más real se vuelve.

Sin lugar a dudas, la sala se veía de manera diferente si entrabas con la fascinación de la mano que si entrabas sin ella.

lunes, 10 de junio de 2013

Un guiño

Voy a  escribirte un guiño. Un guiño que te haga rabiar, y reír, que te haga suspirar, y si te pones sentimental, hasta llorar. Voy a hablar por hablar, a decirte nada, y a contártelo todo.

Magia


Te hablaron de magia. De elevar cosas por el aire y de transformar con un beso a una rana. De dar una palmada y llamar al diablo. De golpear un pie contra el suelo, y al volar, ver el mundo bajo tu cuerpo
Creíste que podrías ver tus dedos llenos de chispitas azules, y te decepcionaron. Te enrabietaste, chillaste y golpeaste el puño contra la pared. Encerraste tu fe en un cuarto oscuro y castigaste a la esperanza en un rincón. Y ella, de brazos cruzados, sonreía. Ella sabe que se pierde, pero no se olvida.  Marchita, pero también florece.
Solo te hacía falta hallar, ese rayito de luz por el que se cuela la magia. En un mundo donde nada es cierto hasta que lo definan los números, magia es todo aquello que nunca podrá entenderse. Magia es la primera palabra de un niño, es esa lágrima que prometió no caer, y sin embargo lo hizo. Es un labio que tiembla porque echa de menos, es descubrir partes de tu alma que no sabías que podían llegar a retorcerse. Magia son dos pares de ojos que se entienden. Magia son dos manos que se buscan. Magia son notas que se entrelazan, que se cruzan, que se besan, que hechizan, palabras bellas, y una canción rota.
Magia es descubrir sin buscar, es dejarse emocionar. Magia es entusiasmo.
Magia es todo aquello que pueda parecer maravilloso. Y yo aún no he encontrado nada que no pueda serlo.


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Nota: Se trata de un arreglo que le he echo a un texto que anda por ahí junto con la traducción del Hallelujah, para poder publicarlo en un periódico de mi ciudad.

lunes, 29 de abril de 2013

Pajarillo asustado


Pajarillo asustado que recogiste del suelo
Las alitas temblando
Semicerrado el piquito
Apenas dejado el plumón amarillo
Se ha perdido en el cielo
Y ha aterrizado en tus manos

No ha piado palabra
Desesperado palpita
Tan pequeño y tan triste
Inocente y tan roto
Te ha mirado a los ojos
Y no ha querido temerte

Te sonríes despacio
Y le acaricias la frente
Le recorres el cuello
Y le besas los labios

Emprendiendo ya el vuelo
De tu mirada se aleja
¿A dónde fue el pajarillo?
¿A dónde huyó la mañana?

No pensaste en buscarle
No imaginaste su rumbo
Desististe en seguirle
Era un ave cobarde

Pero escondido en las ramas
No te ha perdido de vista
En las sombras te piensa
Pues se ha olvidado en tus brazos
Una flor que aunque mustia
Floreció la primera

domingo, 10 de marzo de 2013

La línea


Al final del todo estaba la línea. Había más rayas pintadas en el suelo, pero era la última la que importaba.
Una vez cruzada, no había vuelta atrás.
Era un lugar fronterizo, inhóspito, vacío. Nada se atrevía a estar a más de diez centímetros. Si no hubiera estado marcada, también se hubiera sabido que estaba allí. En su lado, un rosal, el sol que se comía la tierra y la hierba fresca que le acariciaba las medias. El otro lado era noche de bruma y silencio.
Y en medio la línea. Un paso más y la devoraría la niebla
Agachada, acariciaba con sus dedos el suelo yermo y reseco. Extendía la mano y curiosa observaba como su mano se perdía en la oscuridad. Era un juego peligroso, porque si tropezaba y caía en el otro lado, ni siquiera podría volver la cabeza.
Las nubes ennegrecieron su azul. Lloraron lluvia de sal. Se mojó. Sintió frío en aquel que había sido un mundo de luz. Estaba sola, y al fondo seguía la línea, tan imperturbable, tan sosegada, esperándola.
Arrancó el verde, quemó el rosal y ardió su cielo. Tomó carrerilla. Pasó la primera raya, luego la segunda, y cuando llegó al final, miró los despojos de su hogar y escupió.
La línea seguía allí. No esperó a que las nubes se fueran. No dejó que una rosa más floreciera. Ni perdonó al sol que se marchara. No hubo segunda oportunidad. Cruzó la última aduana.
Tal vez se arrepintió. Tal vez la noche que la esperaba fuera una noche sin luna. Tal vez se equivocara.
Porque cuando quiso volver a asomarse a la línea, habían alzado una muralla y una mirada de piedra dura la amenazaba desde allí.

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