domingo, 10 de marzo de 2013

La línea


Al final del todo estaba la línea. Había más rayas pintadas en el suelo, pero era la última la que importaba.
Una vez cruzada, no había vuelta atrás.
Era un lugar fronterizo, inhóspito, vacío. Nada se atrevía a estar a más de diez centímetros. Si no hubiera estado marcada, también se hubiera sabido que estaba allí. En su lado, un rosal, el sol que se comía la tierra y la hierba fresca que le acariciaba las medias. El otro lado era noche de bruma y silencio.
Y en medio la línea. Un paso más y la devoraría la niebla
Agachada, acariciaba con sus dedos el suelo yermo y reseco. Extendía la mano y curiosa observaba como su mano se perdía en la oscuridad. Era un juego peligroso, porque si tropezaba y caía en el otro lado, ni siquiera podría volver la cabeza.
Las nubes ennegrecieron su azul. Lloraron lluvia de sal. Se mojó. Sintió frío en aquel que había sido un mundo de luz. Estaba sola, y al fondo seguía la línea, tan imperturbable, tan sosegada, esperándola.
Arrancó el verde, quemó el rosal y ardió su cielo. Tomó carrerilla. Pasó la primera raya, luego la segunda, y cuando llegó al final, miró los despojos de su hogar y escupió.
La línea seguía allí. No esperó a que las nubes se fueran. No dejó que una rosa más floreciera. Ni perdonó al sol que se marchara. No hubo segunda oportunidad. Cruzó la última aduana.
Tal vez se arrepintió. Tal vez la noche que la esperaba fuera una noche sin luna. Tal vez se equivocara.
Porque cuando quiso volver a asomarse a la línea, habían alzado una muralla y una mirada de piedra dura la amenazaba desde allí.

domingo, 10 de febrero de 2013

El payaso


Había sido un buen día, pero aún sentía que le quedaba algo por hacer.

Llevaba una pequeña mota de sudor sobre una nariz redonda grande y roja, el pelo azul tras las orejas y un gracioso sombrero pequeño coronado por dos mariposas. Sobre la pajarita se sonrojaban dos lunares y un pañuelo de colores se asomaba por el rabillo del bolsillo.

Apareció en el escenario improvisado con una estrepitosa caída al subir la escalinata. Perdió una pantufla. Una niña la recogió y se la tendió.

-Tome, señor payaso-dijo mirándole fijamente al calcetín que tocaba el suelo, chiquito en comparación con el enorme calzado-Y no se preocupe, que he mirado muy bien como me ha enseñado mi mamá, y lo que le falta a su pie aún sigue, creo, en el zapato.

El payaso sonrió desde su boca de granada y continuó con la función. Cuando terminó, todos los niños reían y los mayores aplaudían. La madre del cumpleañero se acercó entonces y decretó que ya podían ir a las mesas y devorar a la pobre tarta. Aquella zona del jardín pronto quedó abandonada y solo quedó allí el viejo payaso con las pinturas de la cara ya algo corridas.

Sin embargo, se oyó un sollozo entre un murmullo de ramas. El payaso se acercó y encontró tras un par de rosales, un niño con moquillos en la nariz, los ojos húmedos, y las pequitas inundadas de lágrimas. Trató de ocultarse tras sus manos, pero el payaso ya le había visto y le miraba con cierta ternura. Le tendió su pañuelo de colores y sin decir nada, se sentó a su lado.

Tanto silencio turbó al niño y le hizo olvidar por qué había estado llorando. Se quedó observando las manos enguantadas del hombre y cómo parecía bailar entre sus dedos algo de goma.

Sonriendo, el payaso comenzó a soplar y a soplar y de la nada, apareció una flor. El niño la miró con los ojos como platos, era preciosa, parecía mentida que fuera de globo.

-No, no es para ti. Las flores son solo para princesitas y príncipes caprichosos que quieren que se lo den todo hecho.

Y la estalló.

Volvió a sacar otro globo y tras hincharlo le dio la forma de un perro.

-No, esto  no es para ti. Las mascotas son solo para princesas y principitos que solo saben conformarse.

Y lo estalló.

Cogió otro de nuevo y tras insuflarle el aire de sus pulmones, lo puso en las manitas del niño.

-Este sí que es para ti. Las espadas son para aquellos que no esperan ser servidos ni aceptan lo que les llegue, sino para aquellos que con valor, constancia y honor, luchan por lo que quieren.

El niño enarboló su nuevo tesoro y se fue corriendo a jugar con los demás.

El payaso, satisfecho, se quitó la nariz postiza y se rascó, ¿por qué? porque le picaba.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Agente T

Hoy, vamos a colocar un relato corto que escribí hace poco y que han tenido el gusto de publicarme en un periódico.
Esperando que lo disfruten y pidiendo disculpas por tomarme tan a la ligera la ciencia, les ofrezco un relato policíaco ambientado en el cuerpo humano. Si yerro, ya saben, licencia literaria,
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El hígado es un lugar decadente con las paredes sin pintar y el suelo repleto de servilletas amarillas usadas y manchas de café. Allí, un linfocito T maduro pide otra jarra de glucosa sin filtrar.
-¿No cree que ya ha bebido suficiente, agente T?-le comenta el hepatocito camarero limpiando con un trapo la barra del bar de moléculas indeseadas.-Mire que el etanol no le sienta nada bien a nuestro citoplasma. Si lo desea le puedo servir del nuevo barril que nos han traído-Acerca su aliento sucio a la oreja del linfocito-. Es de glucógeno recién sintetizado.-dice en voz baja, como si no quisiera que nadie más se enterara en aquella sala vacía.
T le sostiene la mirada un segundo y luego vuelve a mirar al vaso.
-Póngame otra jarra de glucosa sin filtrar, por favor.
-Un mal día, ¿no?
El agente linfocito T del cuerpo de glóbulos blancos del sistema de protección inmune asiente torpemente.
-No hay justicia en la vida celular.-susurra el hepatocito.-No importa la supervivencia del individuo, sólo la de la ciudad, y el día que eso cambie estaremos todos caminito del camposanto ¿Qué ha sido esta vez? ¿Un parásito intracelular? ¿La hermana malvada de E. coli? ¿Un virus?
Linfocito T sabe que no debería hablar con civiles de las aventuras del cuerpo de glóbulos blancos, pero hoy le hubiera gustado saltarse un par de reglas mayores y no lo hizo. Tal vez rompiendo el silencio se sintiera mejor.
Le habían concedido su placa el día anterior en el centro policial del Timo sobre el corazón. Ilusionado había esperado con impaciencia la llegada de cualquier misión que le permitiera hacer uso de sus nuevas facultades como glóbulo blanco maduro. La aventura no se hizo esperar, pues aquella misma noche recibió la visita de Citoquina.
Ella era una proteína rubia de muy buen ver que se encargaba de llevar a los glóbulos blancos al lugar donde se producían los incidentes.
-Agente T, se requiere de vuestra presencia  en el Duodeno. Se trata de un 121, máxima prioridad. Apoptosis anómala del tejido. Podemos tomar la vena hepática hasta el hígado y de ahí el sistema porta para llegar al intestino.
Si bien en aquel momento el linfocito se sintió orgulloso de pertenecer al sistema inmune,  no estaba preparado para la escena que le deparaba el duodeno. Miles de enterocitos con el núcleo y el citoplasma reventado yacían muertos o moribundos sobre las aceras del lumen del intestino. Sin darse cuenta, el agente T pisó algo pegajoso, y cuando levantó la bota, tenía un pedacito de célula intestinal pegado a la suela. Sintió un escalofrío.
Los enterocitos eran considerados los más guapos de la ciudad, tenían una forma cilíndrica definida y con una extensa capa de microvellosidades en una de las caras del cilindro que solían peinarse como si tuvieran cabello. Microvellosidades que ahora aparecían esparcidas por la calle como sesos destrozados por la ingenuidad de un tiro. Los enterocitos eran células arrogantes y presuntuosas, pero no se merecían aquella masacre. Linfocito T jamás había estado en las catacumbas de Paris, pero posiblemente, se pareciera a aquello.
-Agente T, me alegro de verle.-le saludó un viejo amigo.
-¡Agente B! Cuánto gusto en tenerle por aquí.
Linfocito B asintió con la cabeza. Él había sido el primero en llegar a la escena del crimen y había dado la voz de alarma. Estuvo a punto de ver al asesino, de hecho había corrido tras él, pero el muy cabrón había lanzado contra él el cadáver de uno de los enterocitos y le había hecho tropezar, con lo que lo había perdido.
Los gritos y lamentos de las células madre hacían eco por toda la matriz extracelular. Se abrazaban a los cuerpos inertes de sus hijos para impedir que los siniestros macrófagos de los llevaran a la sala de autopsias y los hicieran desaparecer.
-Mire señora que no quiero hacerla daño, pero hemos de limpiar el lumen de cadáveres para que pueda volver todo a la normalidad-pidió amablemente el macrófago.
-¿Tiene usted idea de cuántas veces me he dividido? ¡Tengo miles de hijos! ¿Lleva usted la cuenta de los hijos que he perdido hoy? ¡Ya solo me quedan cien! ¡Éste era mi favorito! Si se lo va a llevar, por favor lléveme a mí también. Alguien les ha obligado a suicidarse. Yo les recomiendo que empiecen por aquella rata de E. coli, que se las da de buenecita, pero me he enterado de los estropicios que ya ha hecho en otros intestinos. Ayer mismo, se atrevió a insultarme cuando le recordé su naturaleza vil y despiadada y hoy, sorpresa, no aparece por ninguna parte.-dijo llorosa y amargamente la célula madre.
Los linfocitos B y T vieron que aquellos dos podrían acabar muy mal, de modo que se acercaron para imponer la paz.
-Le comentaba a este señor macrófago -ladró la célula -, que mi nombre y el de todas las células madre moltipotentes del intestino, que nos negamos a renovar el tejido con nuestros hijos hasta que el cuerpo de glóbulos blancos nos asegure que ya no hay peligro alguno para ellos.-sentenció la desdichada.- Prométanme que atraparán a esa bruja de E. coli.
-No se preocupe, señora, la cogeremos.
T le dio un codazo a su compañero.
-No hay pruebas contundentes contra esa bacteria.
B se llevó un dedo a los labios y le chistó mientras se alejaban.
-No quieras seguir provocándola, ¿quieres? Está loca, sería capaz de provocar una catástrofe en el organismo. Si le da por dividirse desordenadamente... ¡cáncer! Deberíamos ir a investigar a esa E. coli, es la única pista que tenemos. Tal vez fue ella la que vi desparecer. ¡Dios, tal vez hubiera podido pararle los pies!
Linfocito T puso una mano sobre su hombro y recibió una descarga.
-¿B, que te ocurre?
-No le des importancia, tengo la membrana algo turbia.
De repente, vieron algo moverse. Tal vez solo había sido un soplo de aire, opinó B. Sin embargo T decidió acercarse a investigar, tenía que seguir a su instinto. B optó por quedarse al margen y esperarle.
Y allí, escurridiza como una serpiente y pequeña como una lombriz, le miraba aterrorizada la bacteria de la que todo el mundo hablaba. La famosa E. coli, habitante usual del lumen del intestino, sospechosa de haber inducido el suicidio de los enterocitos y cuya cabeza pedían a gritos las células madre.
Linfocito T desenfundó el arma y la amenazó. E.coli levantó las manos para tranquilizarle.
-Baje el anticuerpo, señor glóbulo blanco, que estoy aquí para probar mi inocencia. Las células madre son unas necias, me conocen prácticamente desde que salisteis todos de la placenta y aún no se han dado cuenta de que soy completamente inocua. Sí, es cierto tengo algún pariente dañino. Pero ninguno se molesta en obligar a nadie a suicidarse. O bien se pegan como lapas a ello o bien los matan a sangre fría. Esto es demasiado limpio para un ejemplar de mi especie. No sé si me entiende-habló en voz baja-. Pero yo, que he visto mucho organismo, solo he visto a una célula capaz obligar a otra a autodestruirse. Esto es obra del sistema inmune, agente.
-Eso es imposible, no matamos indiscriminadamente. Sólo ayudamos a morir a células viejas y a células con defectos peligrosos.-contestó el linfocito.
-A menos que tengan un error genético o estén infectadas por algún virus. Insisto, esta tarde solo había un linfocito patrullando por aquí. Le conoce. Usted sabrá lo que tiene que hacer. No quiero que este organismo muera, también es mi casa.
Cuando quiso darse cuenta la bacteria rápida ya se había hecho desaparecer.
Linfocito T, con la cabeza gacha entre oscuros pensamientos volvió justo con su compañero. No sabía si debía creer a aquella bacteria gran negativa, pero entonces giró la vista hacia su derecha y pudo ver como enfrente del linfocito B, había un cadáver más de enterocito que antes no estaba.
-Conozco esa mirada T, no creerás qué…
T examinó a la célula muerta, y efectivamente comprobó que el modus operandi se asemejaba mucho al de la academia policial del sistema inmune. Recordó las lecciones de sus maestros. Toda célula problemáticaha de ser eliminada por el bien de la comunidad.
-¡No! ¡No lo hagas! ¡Somos amigos! ¡No lo hice a propósito! ¡Sólo estoy enfermo! yo no quería hacer daño a nadie. Hay daños en mi DNA, pero puedo repararlos. ¡Seré a partir de ahora un buen linfocito, lo juro!
Pero las reglas eran las reglas. Y las excepciones podían pagarse con la muerte.
-Hoy he tenido que fagotizarme a mi mejor amigo. ¡Me lo he comido!-exclama borracho el linfocito T al hepatocito camarero.- Pude sentir como se estremecía mientras mis enzimas se preparaban para descuartizarlo. Le escuché gritar cuando destruyeron su núcleo.-T tiembla mientras habla, el etanol ya ha comenzado a nublar sus funciones.-No se lo merecía.
 El hepatocito se rasca la barbilla.
-Deberías ir acostumbrándote pequeño linfocito. No hay sitio para la justicia en nuestra comunidad pluricelular, sólo para la supervivencia.


domingo, 11 de noviembre de 2012

Una suave brisa


Hacía tiempo que no había que sacarme las palabras a ladrillazos.
No sé cuando voy a aprender a no mirar atrás.
El mundo giraba a nuestro alrededor y tú no parecías darte cuenta.
La espiral era cada vez más rápida. Te mecías en los colores.
No viste llegar el invierno. Ni como el blanco y el negro lo devoraban todo.
Siempre quise volar y me tendiste dos alas.
No insististe mientras las rechazaba.
Yo temblaba de frío y tú me quemabas.
El mar atravesó mi cuerpo helado.
Tú flotabas, yo me ahogaba.
Cuando la tierra comenzó a temblar, la decisión era solo mía.
Solté tu mano y seguí mi camino.
Tus huellas golpeaban la arena. Giré la cabeza.
Un huracán te arrastraba y para mí sólo soplaba una suave brisa.

domingo, 14 de octubre de 2012

El espejo


Ya no recuerdo cuando fue la última vez que me manchaste con el rímel de tus pestañas. Tú tampoco. Ha subido la marea en ese hueco profundo que sostienen tus ojeras ¿Qué tienes entre esos dedos? ¿Por qué vibras de esta manera? No me mires así, niña. Yo no tengo la culpa de que tus párpados estén yermos ni de que la última hebra que te quedaba, rinda hoy su último aliento.

Eras la reina de los bosques y te coronaba una selva. Yo no puedo mentirte, talaron los árboles, contaminaron las fuentes, ahorcaron tu luz. Ahora eres luna en un desierto de estrellas. Fuiste hermosa y aceptaste mi cumplido. Y aun sin la mata de pelo y con la piel amarilla pegada al hueso, lo sigues siendo. Has dejado de sonreír. Hay una muñeca marchita que te devuelve la mirada. Es el retrato de una mujer que se está muriendo.

Nadie ha querido admitirlo. Ni los médicos, ni tu familia, ni tu marido… No aceptarán la verdad. No, hasta que tu cuerpo se confunda con el de una máquina y te entuben de forma que ya no seas dueña ni de tus propios latidos. Por eso has tenido que preguntar al espejo, antes de que mañana te veas atada a una cama.

Pones una mano sobre mí y te encojes despacio hasta tocar el suelo. No te atreves a levantar la vista, y con los ojos cerrados, golpeas la cabeza contra el cristal. Soy un espejo y no tengo orejas, pero puedo leer en tus labios que quieres vivir y que aquella masa amorfa que crece dentro de ti no te deja.

Estás asustada y sola en esta habitación y yo, aunque quiera, no soy un consuelo. Querría tener brazos con los que estrecharte y besarte esa piel de nieve que se deshace por los suelos. Quisiera haberte vuelto leona, y el lugar de eso, te he quitado toda esperanza.

He atrapado tu aliento. El vaho es una nube blanca sobre la que suavemente deslizas los dedos. Escribes un “te quiero” y un “lo siento” y un “aún me queda tiempo de ser libre”. Has visto a la sombra de la muerte agazapada bajo tu cama. Ella va a ganar la partida, pero hoy tú decides como termina. Coges un rotulador permanente y repasas las letras para que minutos después, tu marido sea capaz de leerlas.

Te apartas de mí, y caminas hacia la ventana. Separas las cortinas. El sol que inunda el cuarto te ha convertido en una silueta oscura envuelta en llamas. Estiras los brazos, dejas que el astro rey te acaricie una vez más. Pones un pie sobre el alfeizar, luego sube el otro.

Te giras y por última vez me miras. Sonríes al espejo. No te estás despidiendo de mí sino de ti misma. Das un paso hacia el vacío.

Y mientras tu cuerpo cae, tu alma de pájaro escapa y se aleja volando.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Cartas cruzadas (Markus Zusak)

Adoro leer, hay mil libros y poemas que recomendaría. Sin embargo, apenas hay nombres propios de autores en mi altar de la literatura. Y en él hay dos zetas que escribo con mayúscula.
La primera es de Stefan Zweig que es capaz de transformar el hecho más monótono y aburrido en un escenario lleno de luz y color acompañado por toda una orquesta sinfónica vienesa. La Historia vista a través de sus ojos se convierte en una apasionante novela. El político más callado, en rufián sin escrúpulos. La aventura fracasada, en toda una metáfora de la grandeza del ser humano. Él es sin duda mi autor muerto favorito.

Curiosamente, mi autor vivo predilecto también se escribe con la última letra del abecedario. Cuando saqué Cartas cruzadas de la biblioteca, ni siquiera me molesté en mirar la contraportada, el nombre de Markus Zusak me sobraba y me bastaba. La ladrona de libros, otra novela de este genial escritor, es probablemente el libro que menos tiempo ha pasado en mi estantería. Según me lo devuelven, lo vuelvo a dejar. Lo prefiero libre y destartalado, compartiendo su historia una y otra vez, que en perfecto estado cogiendo polvo en mi estantería. Siempre he creído que un libro es la suma de la historia que cuenta, con las historias de aquellos que lo leen.

"El hombre de la pistola es un inútil"

Con esa frase comienza Cartas cruzadas. Siempre en la línea del estilo sencillo y parco, en el que de vez en cuando se oye un disparo de agudeza. Se nos narra en primera persona la historia de un joven, Ed, que sin más objetivo en la vida que el de seguir ciegamente a su mejor amiga, que rehuye del amor y que es capaz de acostarse casi con cualquiera menos con él. En contraste, el protagonista opina que el seo debería ser como las matemáticas, no debería pasar nada porque no se te de bien. Tienen dos amigos, uno que no es capaz de dar un palo al agua y otro con un amor desmesurado hacia un coche cochambroso.

Tras detener a un penoso atracador de bancos. Ed comienza a recibir ases de la baraja francesa con mensajes en clave. Cada uno de ellos le conduce a una persona que deberá ayudar. La trama es entretenida y cercana, pero lo verdaderamente interesante se haya en el núcleo de los mensajes. Es un libro de pequeños gestos, de como el personaje más insignificante, es capaz de cambiar la vida para mejor de todos los de su alrededor, aunque a veces se lleve un buen cogotazo. Una vez terminada la última página, dan ganas de imitarle. Si él ha podido hacer del mundo ladrillo a ladrillo un lugar más feliz, tal vez yo también pueda hacerlo en la vida real. Markus Zusak ha conseguido que la empatía no parezca tan difícil.


sábado, 8 de septiembre de 2012

Un nuevo amigo

A mi modo de ver, no nos presentaron adecuadamente. Sobre todo teniendo en cuenta que nuestra relación iba a durar toda la vida. Mientras no hubo que tratar directamente con él, no hubo problemas. Luego llegó mi San Martín. Para empezar, era más ancho que alto, soltaba gases y había ruidos extraños al digerir su comida. Era tipo tan raro, que hasta me hicieron estudiar un manual de instrucciones antes de poder conocerlo en persona.
Si te descuidabas se quedaba parado, y no había modo de arrancarle palabra si no pulsabas el botón de reinicio. Si a mí me gustaba irme de marcha, el tenía una marcha para cada estado de ánimo diferente. Querría decir que tenía pocas luces, pero lo cierto es que tenía dos faros bien grandes para que se le viera por la noche, por no hablar del surtido luminoso que poseía para adaptarse al parte meteorológico. Podía permanecer inmóvil horas, incluso días. Se quedaba allí quieto, en el mismo lugar donde lo dejaste. Siempre en la misma posición, mirándote. Esperando el momento en el que con un simple movimiento de muñeca, le hicieras rugir. Y sin embargo, era tan rápido que entre su velocidad y su propia masa se había convertido en una máquina de matar perfecta. De la que por cierto, te tenías que hacer responsable.
Por todo ello decidí darle largas. No lo necesitaba, me dije. Hasta que lo necesité. Tenía sus virtudes. A su manera de ser, era simpático y atento. Por lo general siempre hacía lo que le pedías, aunque conllevara estamparse contra una farola. Y era capaz de llevarte a lugares a donde ningún transporte público había llegado aún.
Le pedí disculpas dándole un golpecito cariñoso en la capota. No me respondió. Le dediqué la mejor de mis sonrisas. Siguió sin decir nada. No me sentí ofendida. A fin de cuentas… ¡qué podías esperar de un coche!

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